sábado, 9 de abril de 2011

Parada en la esquina, por favor.

Él era conocido en el barrio por su capacidad de subir a transportes públicos sin asientos libres y de un solo vistazo identificar al pasajero que se iba a bajar más rápido. No había colectivo, subte, ni tren que se le retobara. El tipo se subía y se paraba exactamente frente al próximo en bajar. No importaba qué tan inmerso en otra cosa estuviera el pasajero en cuestión: una lectura, alguna siesta, una charla con el del asiento de al lado. Él era infalible. La víctima se bajaba en la próxima, siempre, sin excepción, dejándole a él el asiento libre para sentarse, que jamás desaprovechaba, entre miradas infaltables de admiración y odio de sus ex compañeros de parado. De ella mucho no se sabía, la verdad es que se sabía muy poco. Pero a aquello conocido, se lo sabían todos los muchachos. La mayoría lo supo más de una vez, y era bastante común en las tardes de esquina y juegos de cartas que se conversara a cerca de quién se la sabía mejor y cuánto tiempo habían estado sabiendo. Ella sabía que a los demás les gustaba hablar de cuánto ella conocía, y que a las señoras no les caía simpático que sus maridos fueran a buscar sabiduría a otro lado, pero no le importaba lo que se dijera. Caminaba siempre igual de sabia por la vida. Se dice que una tarde en el 26 ella y él subieron en la misma parada, y él tuvo el gesto que nunca antes nadie le había visto. Cuentan que le tiró una posta, de costado y en voz baja “la del sobretodo rojo y la novelita pedorra” y hasta algunos aseguran que acompañó sus palabras con un ademán de la cabeza que indicaba las coordenadas. Ella lo agarró al vuelo, y se paró frente a la señora de lecturas Light quien, por supuesto, cerró la novela y se bajó en la siguiente parada. Desde ese día, él resignó su don y a todos partes fue caminando, para así poder tener más paseos de la mano con ella, cruzando calles angostas. Ella se fue volviendo de a poco una canción más difícil de entonar y así, cada vez, se la iban sabiendo menos.

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