Te obsequio tres berrinches necesarios.
Son para que empieces.
Son tuyos y también un poco mios.
Desde que llevamos la misma calma,
esas cosas se comparten.
Y te invito a que te atrevas,
a que erres, que maldigas.
Porque no todo está bien dicho.
Dejá que tus palabras formen zurcos bien profundos
que te encuentren sorprendido.
Y cuando vuelvas,
cuando el regreso sea necesario,
que te miren desnudado
y te presten alegrías
que de tan tuyas y tan mias
te paseen liberado.
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