lunes, 20 de junio de 2016

Tiempo de espera.

A la espera de un buen momento 
fueron pasando las potenciales inauguraciones 
convertidas en instantes de aguardar, nada más.

 Como si no fuera necesario 
dejar la aguja traspasar 
para contribuir al entramado. 

Como si no hiciera falta atreverse 
al tiempo y a la escasez,
 incluso a la herida. 

¿Hemos lanzado la flecha hacia el interior
tantas veces como preguntas le hicimos a nuestros padres? 

Concebimos el mañana como una posibilidad de ser otros, 
tal vez menos cobardes o más felices.
O un poco de ambas. 

Esperamos convertirnos 
de jueves a viernes 
en algo que jamás quisimos ser, 
pero que nos promete la televisión. 

 Inundados de la nada que significa no mirar adentro 
avanzamos retorcidos más y más sobre nuestros propios ombligos,
 que sordos y ciegos presentirán silenciosos 
la debacle del yo en manos de la superficie corporea. 

Como si aún no bastara
nos esforzaremos cada minuto perdido por saberlo inutilizado 
y pasaremos nuevos minutos lamentando la pérdida. 
Acudiremos a la soledad 
y a la compañia como fórmulas para salvarnos. 

Y asi se iran sucediendo
los amaneceres de amor y gestos;
de nombres y valores;
de arcadas y pinceles... 

Hasta que un día realmente vas a verte. Será suficiente.

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