A la espera de un buen momento
fueron pasando las potenciales inauguraciones
convertidas en instantes de aguardar, nada más.
Como si no fuera necesario
dejar la aguja traspasar
para contribuir al entramado.
Como si no hiciera falta atreverse
al tiempo y a la escasez,
incluso a la herida.
¿Hemos lanzado la flecha hacia el interior
tantas veces como preguntas le hicimos a nuestros padres?
Concebimos el mañana como una posibilidad de ser otros,
tal vez menos cobardes o más felices.
O un poco de ambas.
Esperamos convertirnos
de jueves a viernes
en algo que jamás quisimos ser,
pero que nos promete la televisión.
Inundados de la nada que significa no mirar adentro
avanzamos retorcidos más y más sobre nuestros propios ombligos,
que sordos y ciegos presentirán silenciosos
la debacle del yo en manos de la superficie corporea.
Como si aún no bastara
nos esforzaremos cada minuto perdido por saberlo inutilizado
y pasaremos nuevos minutos lamentando la pérdida.
Acudiremos a la soledad
y a la compañia como fórmulas para salvarnos.
Y asi se iran sucediendo
los amaneceres de amor y gestos;
de nombres y valores;
de arcadas y pinceles...
Hasta que un día realmente vas a verte.
Será suficiente.
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