Delimitando los espacios no se llega a ninguna parte.
Marcar con tiza los límites desde antes es la muestra más médica del exceso de cautela, y de la carencia de audacia.
Bailarse los riesgos, sin temores, con los pies medio en la tierra y medio volando.
Con la certeza escrita en el estómago de que la derrota- más que perder- es empezar a conocer por donde no se debe caminar.
Estirar un poco el amor propio, como un chicle que es capaz de armar redes pero para abarcarse y no para atarse.
Soltar de un lado, largarse al otro, tirarse y estirarse y extirparse las náuseas propias del ajetreo existencialista.
Y por último, perdonarse la semántica para poder hablar de ellos y de nosotros como si fuera lo mismo.
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