sábado, 22 de agosto de 2009

Itinerario

Confirmo que la melancolía es líquida cuando me sumerjo. Allí comprendo que no hay colores en la profundidad del propio ser y, aceptando el sofismo, me publico verdad en la nada.

Rescato del océano un islote en donde duermo cuando las olas dibujan arpegios que mecen mi insomnio hasta confundirlo y desmayarlo.

Aplaudo y luego pienso. Podría decir que hay en ello una sutil influencia de Descartes, pero solo si alegara que después voy a existir.

Elevo una plegaria al tótem oculto que guardo en esa cáscara de nuez y amoldo las esferas con las que dibujo el ocaso al contorno de mis caderas.

Transformo lo efímero en estático y lo detengo sobre la nebulosa de tiempo y espacio con el solo fin de sostener una hoja cayendo de un árbol en la mitad justa de su tronco.

Mantengo un sarcasmo erguido sobre la palma de mi mano para soplarlo y que se estremezca. De todos modos cuidaré que no se caiga.

Anoto todas las palabras que se me escaparon en la página de tus cabellos rozando la almohada, la que calla mis falencias y agudiza mis temores.

Te leo a oscuras y descifro los pensamientos que alguna vez me hicieron estatua, estela que deja su rastro y solo eso; o tal vez perfume barato que desaparece a medida que vuelan las calandrias.

Exhalo un suspiro y me regalo una pregunta que no sabré contestar, pero al menos traerá conjeturas al espíritu cuyas respuestas se hallarán debajo de las ruinas de una filosofía que aún no descubrí.

Me vuelvo credencial de acceso, señalador de enciclopedia y espio... pues no pierdo las esperanzas de encontrarme y, con suerte, hasta reconocerme.

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