Me duele el odio.
Justo ahí donde no llegan las palabras y el más lento de los susurros parece acabar con lo fortuito que tiene la penumbra a escondidas.
Me duele el odio justo por debajo de mis rodillas, me insita a caerme, no lo dejo, me levanto, hago fuerza, me sostengo y renazco.
Soy pajaro y ahora luz y me duele otra vez cuando saludo hacia el abismo como queriendolo despedir.
Arreglo lo que queda con retazos de los verbos que se han ido y que alguna vez acostumbré usar, esos que me dejaban cantarle al porvenir sin temor a que se derrumbara.
Es odio y me duele, apreta fuerte en mi garganta y no quiere salir. Esta cómodo, me lastima, me define, me somete, aprieta más fuerte y desafía mis instintos ¿te atrevés? me pregunta y no quiero contestarle.
El miedo se agota en algún momento, deja de ser delicia y se vuelve abstracto, tanto como una cuacharada de éter... se quiere ir, ya no duele, pero temo que regrese y prefiero dejarlo allí, donde ya no es extraño, donde acostumbré a guardarlo.
Y cuando sienta que me duele el odio una vez más, voy a gritar para hacerte desaparecer.
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