Las puertas del subte línea B se abren y los últimos pasajeros que quedan dentro del vehículo descienden en la estación Terminal.
Así se abre el paso a la estampida enardecida de nuevos pasajeros que se apresuran a ingresar en los vagones.
Da la impresión de que las personas se reencuentran con su infancia en este momento; porque parecería que se está presenciando una ceremonia del añorado y tan practicado “juego de la silla” en donde pierde aquel que no logra sentarse.
El episodio transforma el transporte en una selva en donde, como díria Darwin, “sobrevive el más fuerte”. Pero hasta los animales salvajes comparten ciertos códigos éticos que parecen desaparecer en esta práctica humana.
Los que se sentaron respiran aliviados; se aseguraron la comodidad por los póximos diez o quince minutos. Los que quedaron parados rezongan por unos instantes y se resignan, pero siempre con la esperanza de que la persona delante de la que decidieron pararse tenga planeado un viaje más corto que el propio.
Todo se desarrolla con completa normalidad, no hay situaciones que generen tensión. A fin de cuentas, el subte acaba de salir de la primera estación y después de todo no se está tan apretado.
El panorama se modifica cuando el tren se detiene en la siguiente estación. Traspasan la puerta dos personajes que amenazan con destruir la paz que se respira en el ambiente y que de pronto se volvió efímera: Una mujer embarazada y un viejo con bastón entran por la misma puerta.
El hombre tiene suerte, una jovencita que vuelve del colegio se apiada del hombre y a los pocos segundos y luego de una casi imperceptible vacilación le cede su lugar, motivada tal vez por la lentitud de esos pasos que contrastan notablemente con la energía de su movimientos, a lo mejor por el estremecimiento que le causó ese color pálido verdoso que trae en la piel, o quizás porque le recordó a su abuelo. Lo cierto es que el abuelo logra sentarse antes de que el vehículo se ponga en marcha.
Por desgracia, la mujer embarazada no corre la misma suerte. A pesar de que la niña que dará a luz en solamente dos meses le ha hecho crecer la panza lo suficiente como para notarla aún con el abrigo puesto, nadie parece haberse dado cuenta Simultáneamente a la aparición de la dama, varios pasajeros que viajan sentados han experimentado una especia de encantamiento mágico que los ha sumido en un profundo sueño que los duerme al instante.
Otros están tan entretenidos en sus lecturas de viaje que parecen no notar que detrás de esas encuadernaciones existe un mundo.
El subte suena su chicharra reanudando el viaje y nadie cede su asiento a la señora.
Ni siquiera aquellos que están sentados en los lugares contiguos a la puerta, en los asientos reservados para discapacitados y embarazadas cuyo cartel de advertencia parecen estar ocultando adrede detrás de sus cabezas.
De pronto alguien que viene parado se irgue, ve a la mujer, se estira un poco más para cerciorarse de que no se equivoca, se sorprende y se indigna a la vez y finalmente sentencia en voz alta:
- ¡Pero che! ¿Cómo puede ser? Dejen sentar a la señora. ¡Vos pibe! Dejá de hacerte el boludo y parate. – Ordena dirigiéndose al muchacho que se ubica frente a él.
- ¿Por qué no se para aquella?- Contraataca el muchacho señalando con el dedo del Tío Sam a la mujer que está sentada justo de frente a la problemática, embarazada y silenciosa señora que porqué demonios fue a entrar justo por esa puerta habiendo tres por vagón y tantos vagones.
- ¡Y después nos preguntamos porqué el mundo está así! Pendejo maleducado… Y seguro que es drogadicto –Acota una señora mayor que el muchacho pero sin bastones ni embarazos.
-Siempre nos terminamos parando los mismos…– dice la estudiante secundaria que minutos antes viajaba sentada mientras observa al anciano como tratando de no ofenderlo con el comentario, para que no lo sienta un reproche; pero el viejo no parece darse por aludido.
La batalla continúa. El arsenal de guerra son comentarios por lo bajo compartidos con el pasajero de al lado.
De a poco el vagón es un murmullo indescifrable potenciado por réplicas inentendibles para esos mismos murmullos. Nadie parece recordar a la mujer encinta que aún sigue parada y que no participa de la charla.
El subte comienza a aminorar su marcha hasta detenerse completamente.
Los pasajeros continúan discutiendo principios éticos y morales dirigidos al éter y hasta algunas reglas municipales que algún estatuto contempla.
La mujer desciende del vagón, llevándose la criatura pero dejando la discordia.
El anciano ríe y no se sabe por qué.
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